Colombia está enferma de muerte

Por: Carlos Lugo.

Si este país espera cambiar su destino, debe diferenciar entre risa y alegría, euforia y felicidad, manifestación y protesta, cemento y progreso, inteligencia y corrupción, exigir y suplicar, alianza estratégica y oportunismo electoral o traición; es por eso que es tan fácil de engañar, de seducir con espejos, de traficar con su dignidad o ¿acaso es gratis la falacia de que somos el segundo país más feliz del mundo? Si lo decimos por las fotografías y videos en redes sociales, de hordas de gente en las calles impidiendo la movilidad (esa raramente no molesta a nadie), conduciendo motocicletas y autos bajo el efecto del alcohol, algunos drogados, eufóricos, cubiertos de harina, malgastando la quincena porque su selección ganó y “humilló” a los finlandeses, poniendo en práctica una frase que ha causado desde divorcios, hasta despidos y que fue incrustada en el subconsciente de la mayoría de televidentes por algún canal de televisión que vende mierda veinte horas al día; que la izquierda critica, pero le mira la transmisión de los partidos de fútbol, los noticieros y una que otra novela (me incluyo, veo dos telenovelas, pero no más, el resto me produce asco y esto no me hace mejor o peor, porque de esto no trata este artículo).

Y así va este país, en esa comparsa diabólica de muertos y goles, de feministas y feminicidios, de carrasquillas y memes, de ignominia y más memes, de una mutación del humano y más memes; pero reírse no es síntoma de alegría. Pedimos a gritos en las calles libertad de expresión y al final sólo tenemos memes; memes de uribe y una motosierra, de los delincuentes burlando a la justicia, memes del hambre, memes de la pésima calidad de la educación, memes de la tristeza, memes del terrorismo de Estado, memes de la desgracia. Se han preguntado acaso, ¿qué sienten los amigos y familiares de los jóvenes de Soacha, cuando ven los memes “críticos” de marranos, gallinas, incluso uno de un celular Huawei con unas botas al revés y abajo 350 “me divierte”? ¿por qué hay que complacer en redes sociales? Con esto no quiero alabar a un montón de personas que viven orgullosas de ser una mierda con su familia, en su entorno laboral, con sus propias parejas, que se ufanan de vivir alejados y de llevar la contraria sin argumento alguno, esas personas son un caso preocupante de salud mental y cada vez se convierten en una verdadera emergencia de salud pública, no; me refiero a los que se autonombran “deconstruidos” y se burlan a escondidas de las feministas y de ese grupo de mujeres que dicen serlo, no es más fácil decir: “Yo las acompaño en su lucha, si me permiten las defenderé ante un caso de violencia, pero hay cosas que me maman, porque me gusta darle flores a la mujer que me gusta, darle la mano al bajar una escalera, ayudarle con una bolsa pesada, dedicarle una canción y cogerle la cola sin permiso de vez en cuando sin temor a una demanda por acoso sexual” pero no; seguimos jugando a los disfraces en las redes, mujeres que escriben sobre la maternidad, mientras la abuela o la madre les cuida el crío los viernes, para irse a los bares a hablar de igualdad y respeto para la mujer y no hablo del derecho a ir a un bar; todos lo tienen; hablo de asumir nuestra verdadera esencia ¿acaso alguien me ha escuchado hablando de la paternidad responsable? No, porque no lo he sido por distintas razones.

Siempre que escribo o canto, lo hago pensando en los que me preocupan, en los que quiero, en los que de alguna manera le dan sentido a lo que hago, pero me da tristeza y gran desilusión ver por redes como esas mismas personas (amigos, familia, conocidos) se burlan de la forma de vestir o hablar de otras personas, de las creencias ajenas, si lo que hay que atacar son las organizaciones y las instituciones que se aprovechan de la religiosidad y espiritualidad de los demás (y exigimos libertad de expresión, libre desarrollo de la personalidad, etc) ¿qué es lo malo, el sistema democrático o los que se aprovechan y deforman el sistema democrático? Es el mismo caso.

Como cantautor y alcahuete de la libertad, hay momentos en que me toca autocensurarme; como en el caso del reguetón, si bien detesto ese género, debo respetar el derecho a quienes lo bailan, cantan, interpretan; lo que si puedo hacer es no participar en los espacios en donde se comparta con ese tipo de música, nadie me obliga a consumirla, como nadie está obligado a escuchar mis aullidos protesta, con acordes baratos.

¿Saben algo? Extraño el país de mi infancia y de mi secundaria, en donde todos teníamos apodos y no nos deprimía eso; ese país en donde a Luis Carlos, un gran amigo gay, le decíamos “marica” de cariño y no se tiraba desde quinto piso del edificio de Comfamiliar (el antiguo comfamiliar, para los dos milenials que leen estas columnas, espero no ofenderlos o hacerles bullying con esta aclaración), donde a Espinosa, hoy: doctor Espinosa, le decíamos “negro” y no nos decía racistas o fachos, donde me decían !Jeta de mojarra” y no me iba a llorar por eso, en donde al que le faltaba un brazo o una pierna, le decíamos “Mocho” y no discapacitado, donde al tartamudo le decíamos “Metralleta”, al que seseaba “Lengua e’trapo”, al cojo “Dollar”, al gordo “Media res”, al flaco “Tripa seca”, a la fea o al feo “Chucky” y no tenían que ir a una cita con psicólogo, porque eso era parte de nuestro folclor, de nuestra escencia como pueblo.

Este país se fue a la mierda en el momento que a perros y gatos les empezaron a dar purina y no sobras, a peluquearlos y a llevarlos a spa… y de esa manera criamos a nuestros hijos (los que lo hacen) frágiles, y crecen creyendo que manifestarse es protestar; que creen que mostrando los senos (están en todo su derecho) tumban decretos o gobiernos; cajas vacías llenas de éter, ése mismo éter que se fabrica en las multinacionales, que les diseña sus símbolos y sus formas de protesta; generaciones que desdeñan de la procreación e insultan a quienes deciden tener hijos, pero después piden libertad para decidir sobre sus vidas y respeto por sus posturas y decisiones, un país de gente que dice protestar contra un sistema y en sus redes hacen alarde de lo que beben, mostrando el envase en primer plano, con la etiqueta y si se puede el lugar, comerciales gratuitos, gritando rebeldía en los estantes que las multinacionales les ha construido para que todos muestren su individualidad e irreverencia.

Colombia es un país sin ética de vida, sin escrúpulos, con una generación que come, vomita, piensa, habla y produce mierda, inmersa en Challenges (desafíos estúpidos) que no hace otra cosa que mostrar lo influenciables que son a todo nivel, una generación que vive publicando su desgracia desde la risa idiota del que cree que destruye destruyéndose a sí mismo, como si su distopia calcinara al sistema, me recuerda esa frase de Julio Arboleda en su poema “Estoy en la cárcel” al final del párrafo XLII: “Herid! Herid! gozad! Gozad! verdugo, eso que estáis hiriendo, no soy yo;” siendo en este caso el sistema quién habla en primera persona y el verdugo la generación autodestructiva, hipersensible y mega delicada; esa que juega a la primera línea, a la guerra del amor, a la perspectiva de la ceguera, al desdén de la historia y “Que esta noche no me esperen en la casa”.

Colombia está enferma de muerte y no hay nada que pueda salvarla; al menos no con palabras.

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